De la contraportada del libro
sábado, 19 de septiembre de 2009
(El final de) Los besos metálicos
lunes, 23 de marzo de 2009
Decibelios
La vida tendría que venir con escalera de incendios. Como en las películas americanas. Una de esas a las que el protagonista se asoma para escuchar el tráfico, ver las alcantarillas humeantes y pensar melancólico en sus problemas. Una de esas en las que se esconde el amante sorprendido. Una de esas en las que Daredevil salta y salta en busca del villano de turno. Una de esas por las que huir cuando todo está en llamas.
¿Quién coño habrá sido el arquitecto inútil de nuestras vidas? (Está visto que hoy en día le dan el título a cualquiera.) ¿En qué alcantarilla se esconderá el corrupto concejal de urbanismo que aprobó la licencia de obras para que nos construyeran de esta forma tan defectuosa? (Está visto que hoy en día le dan el voto a cualquiera.)
Si la vida en general ha sido construido con el culo, la mía en particular ha sido hecha… bueno, tendría que saber más anatomía para saber con qué parte del cuerpo han construido la mía en particular. La nómina de responsables ineptos podría hacerse eterna: arquitectos, concejales, genetistas, madres…
¿Por qué, por ejemplo, no salí del útero materno con un botón de mute hecho y derecho? Ahora podría darle y hacer que se apague este ruido horrible que no para en mi cabeza. Leo en la wikipedia (sí, sí, ya sé que no es de fiar pero, seamos serios, nada es de fiar) que el límite superior deseable de ruido ronda los 50 decibelios. El ruido insoportable que zumba en mi cabeza debe superar el límite superior indeseable de 130 decibelios, por lo menos. He probado a ponerme unos auriculares que he encontrado en un cajón y subir el volumen de la música a tope. Música ruidosa, la más ruidosa que he encontrado. Un disco abominable de heavy que alguien me grabó. No funciona. El ruido de los remordimientos es mayor. Mucho mayor. Gigante. Inmenso. Insoportable.
Me he cansado de tocarme por todas partes, por partes que nunca antes había tocado, ni yo ni nadie, pero no encuentro el jodido botón de mute. Todavía no me creo que no tengamos una puñetera secuencia de nucleótidos que ordene a unas pocas proteínas que fabriquen un botón de mute. Con lo bien que me vendría un poco de silencio, la mente en blanco, ni un pensamiento más.
En algún momento amanecerá. Para entonces ya me conoceré todas las manchas de la pared. Les habré asignado todo tipo de parecidos, razonables, irrazonables e imposibles. Intento pensar algún plan que me saque de esto. Pero el ruido no me deja. Estoy atrapado. No lo soporto más.
¿Qué pasaría si me arrancara las orejas? Nada, porque el sonido es cosa del tímpano. ¿Y si me los perforara? Nada tampoco porque el ruido de los remordimientos es cosa del cerebro. ¿No sabréis, por casualidad, el teléfono de alguien que se dedique a las lobotomías? ¿Algún forense, quizás? Os dejo mi email por si alguien sabe algo: elhombreamadecasa@gmail.com
martes, 3 de febrero de 2009
Azúcar placebo
Cara A
Artista: Pulp
Canción: The Fear
Álbum: This Is Hardcore
Cara B
Artista: Pauline en la playa
Canción: Un monstruo
Álbum: Nada como el hogar
Cuando era niño, todos los miedos me asaltaban de noche y no me dejaban conciliar el sueño. Pasé años sin poder dormir bien, de pesadilla en pesadilla, de terror en terror. Me daban miedo los marcianos de La guerra de los mundos, los zombis del Thriller de Michael Jackson, la Masa Devoradora, Freddy Krueguer, la niña del exorcista, la oscuridad del pasillo, el hombre del saco, la soledad de mi cuarto, el octavo pasajero y, por supuesto, el armario entreabierto. Cuando conseguía dormir era tapado hasta las cejas, aunque fuera verano. Las noches eran terribles para mí y lo peor era que había una por día.
Hasta que, en una ocasión, mi madre me dio un brebaje mágico, proveniente del pueblo de mi padre, donde pasábamos los veranos. Me dijo que tenía el poder mágico de ahuyentar los miedos por la noche. Aquello fue mano de santo y nunca más volví a pasar una noche con los ojos como platos, sudoroso y atemorizado, imaginándome un marciano devorador de niños esperando, detrás de la puerta, a que me durmiera.
Todas las noches, antes de dormir, tomaba mi cucharadita de la pócima. Y, si alguna vez tenía que dormir fuera de casa, le pedía a mi madre que me diera un puñado de aquellos polvos blancos que había que mezclar con agua justo antes de beberlos. Nunca viajaba sin mi pequeña cajita verde llena del ahuyentador de miedos. Sin ella me esperaba el insomnio miedoso o las pesadillas más pavorosas.
Después de muchos años lo descubrí: el brebaje no era sino agua con azúcar. Fue una idea brillante de mi madre para quitarme el miedo. Pero el hombre, y sobretodo yo, es un animal de costumbres. Ya no podía dormir sin mi ración de azúcar, que yo seguía creyendo con poderes mágicos.
Con la edad se fueron los miedos. Bueno, en realidad, no se fueron, cambiaron. Ya no era por culpa de extraterrestres o fantasmas, ya no era nocturno, pero el miedo no desapareció. Un día, aterrorizado ante la inminencia de un examen de trigonometría, me tomé una buena dosis del brebaje. El azúcar desató su efecto placebo, el miedo desapareció, llegó la calma y aprobé con nota. Aquello disparó mi adicción. Ante el menor atisbo de miedo una cucharadita de azúcar, a veces incluso sin disolver. Selectividad, una cucharadita, una cita, cucharadita, el seguro del coche, cucharadita, reivindicación salarial, cucharadita, paternidad, cucharadita, divorcio, cucharadita.
Y ahora esto. No se lo imaginan. Es terrible. Un miedo que no puedo combatir con mi poción mágica. Y lo que es peor: ya nunca más podré ahuyentar mis otros miedos con azúcar. Es terrible. La peor noticia que me podían dar. ¿Qué voy a hacer ahora si nunca aprendí a enfrentar mis miedos? El médico no entendió mi desesperación, no comprendía el alcance de lo que acababa de decirme. No se preocupe, me explicó, para su enfermedad hay medicación, no es tan malo ser diabético.
domingo, 11 de enero de 2009
El ratoncito del estudio
Artista: Sr. Chinarro
After La bola de cristal
A veces, las palabras eran mágicas. A veces, no. En una ocasión, Juan dijo papá pica y su papá se afeitó y le dio treinta besos en cada mejilla. Juan se moría de risa con tanto beso. Pero, por las noches, Juan lloraba y pedía irse a la cama de los papis y no pasaba nada. Esas palabras no eran mágicas. Sus papás no caían bajo ningún hechizo. Se mantenían inflexibles y Juan en su habitación. No había quién entendiera a las palabras.
A veces, las palabras parecían verdad. A veces, no. Si Juan decía que le dolía su barriguita, a sus papás se les cambiaba la cara y corrían por toda la casa preocupados por su hijo. Pero cuando les contaba que en el estudio había un ratoncito y que era su amigo, sus papás ponían voz de tontos y le hablaban tonterías. No se lo creían. Pero en el estudio había un ratoncito y era amigo de Juan.
Algunas mañanas, los papás de Juan se despertaban muy contentos porque habían dormido toda la noche de un tirón. Eran las noches en las que el ratoncito visitaba a Juan. Se escondían los dos debajo de las mantas y hablaban de sus cosas. Hacían planes para salir a buscar el tesoro de Garfio o se metían miedo hablando de ratas gigantes.
Todo iba bien hasta que un día, sin saber muy bien por qué, los papás de Juan se empeñaron en que dejara de usar chupete. Hasta entonces había tenido dos, uno azul y otro rosa, y según el estado de ánimo pedía uno u otro. Juan era feliz con su chupete. Lo usaba poco. Sólo para dormir y para ir en el coche. Bueno, y cuando se enfadaba o se daba un golpe o tenía fiebre. Y sin dar más explicaciones, sus papás le dijeron que ya era mayor y que debía dejar de usar chupete.
Cuando el ratoncito se enteró de lo que le habían hecho sus papás a Juan, no se lo podía creer. Los dos estaban muy enfadados. Así que, como eran amigos, decidieron aliarse y trabajar en equipo contra los adultos.
A la mañana siguiente, las magdalenas del desayuno aparecieron roídas. Los papás de Juan se enfadaron y se preocuparon. Empezaron a creerse la historia del ratoncito del estudio. La segunda mañana, uno de los tebeos favoritos del papá de Juan, apareció con la portada a medio comer. Casi le da un infarto. La tercera mañana, el mantel de los domingos parecía una red de pescar. La cuarta mañana, los papeles de la charla que mamá iba a dar en pocos días eran confeti. La quinta mañana, la muela de papá apareció picada y no por una caries. Y así una mañana tras otra.
Juan y su amigo siguieron con el plan hasta que sus papás no tuvieron más remedio que rendirse y devolverle su chupete rosa. Y el azul también. Aquella noche, ni Juan ni el ratoncito pegaron ojo. Se pasaron todo el tiempo recordando lo que habían hecho y hablando de la victoria sobre los adultos.
lunes, 5 de enero de 2009
Coser y cantar
Artista: Chucho
Canción:Cirujano patafísico
Álbum: Tejido de felicidad
Desde bien pequeño supe que el alma estaba en el interior y que para alcanzarla había que cortar y romper. También supe que el alma estaba en las personas, los animales y, sobre todo, en las cosas. Recuerdo a la perfección el día en que una radio grande y antigua se cayó desde el aparador. Estalló en varios trozos y sus tripas de extrañas bombillas y coloridos cables se me mostraron como una revelación. Mi padre sostiene que es imposible que lo recuerde. Sólo tenías dos años, insiste. Hace tiempo que dejé de discutir con él sea cual sea el tema, pero lo recuerdo perfectamente. La radio despanzurrada emitía un leve sonido, como un quejido mal sintonizado. En mi opinión, era el alma desparramándose por el suelo y el aire.
La radio no la tiré yo. Cayó y se rompió por accidente. El resto sí fue cosa mía. Desmonté el video, el microondas, la tele y el resto de cacharros hasta llevar a mis padres a la desesperación. No sabían qué hacer conmigo. Por fortuna para ellos, un suceso casual distrajo mi atención hacia otro tipo de objetos.
Una tarde de esas aburridas de domingo, mientras mis padres languidecían en el sofá lamentando su suerte, destripé un osito de peluche con ayuda de un cutter que robé del escritorio de mi madre. Corté el abdomen a lo largo y lo vacié. El contenido algodonoso me producía cierta tiricia. Entonces algo me llamó la atención. Era una especie de tejido cálido y palpitante. Estaba cosido a la tela del oso, más o menos donde debería haber estado el corazón. En ese mismo momento fui consciente de que había descubierto algo importante. No sabía qué. Pero sí que era importante. Disecciones posteriores confirmaron que la mayoría de osos de peluche tenían aquel tejido cálido y palpitante. Los que no lo tenían eran osos malhumorados y tristones. Elaboré numerosas hipótesis hasta que una me satisfizo más que las otras. Aquel tejido, probablemente generado por los mismos peluches, era un tejido productor de felicidad. Para entonces ya era cirujano titular de un importante hospital.
La felicidad nunca me ha atraído en exceso. Así que no vi la conveniencia de confirmar la hipótesis conmigo mismo. Lamentando mi vulgaridad y lo previsible del caso, usé a una enfermera como conejilla de indias. La operación fue un éxito. No hubo ningún tipo de rechazo al tejido injertado. Además, la enfermera empezó a experimentar accesos súbitos de felicidad y amor. Se enamoró locamente de mí y acabamos casándonos. Ella es feliz, claro. Yo me conformo.
Mi descubrimiento, en los tiempos que corren, sólo podía ser usado de una manera. En pocos años, había organizado un negocio secreto de implantes de felicidad. Al principio, los clientes se mostraron recelosos pero el éxito de las operaciones me convirtió, en muy poco tiempo, en un hombre ultramultimegamillonario. Un simple oso de peluche me permite ganar cifras de dinero cargadas de ceros, toda una obscenidad. Más que osos son gallinas de huevos de oro.
Algunos clientes con los que he hecho confianza, y mi mujer, me preguntan por qué no me he injertado uno de esos tejidos de la felicidad. Creen que les oculto algo. Pero es que a mí, de verdad, eso de ser feliz no me interesa en absoluto.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Mil millones de veces
Artista: Mercromina
Canción: Mil millones de veces
Cierta fatalidad, en opinión de él, los mantenía unidos durante los últimos trece o catorce años. El primer día del primer año de carrera, por casualidad, se sentaron juntos. Ninguno de los dos conocía a nadie y tras el típico momento de indecisión, después de mirar a un lado y a otro, deseando reconocer alguna cara, acabaron sentados al lado. Al principio, él no sintió nada. Exactamente durante seis minutos. Al séptimo se enamoró locamente.
Después, el azar o lo que fuera, los condujo por los mismas caminos, a veces vericuetos. Ella acabó la carrera antes y decidió marcharse al extranjero. A pesar del empeño de ella y sus inefables postales, él se propuso aprovechar la ocasión para olvidarla. A veces tenía momentos de lucidez y era capaz de darse cuenta de que un amor imposible no traería nada bueno. Pero el intento fue en balde y al cabo de un año acabaron trabajando en la misma empresa y hasta en el mismo despacho. Ella dijo que era cosa del destino. Él maldijo su suerte al tiempo que la miraba embobado.
No había sacado cuentas pero debían ser, por lo menos, mil millones las veces que había intentado que ella se enamorara de él. Después de cada fracaso, hacía esfuerzos tremendos por olvidarla pero había algo, una especie de fuerza interior o algo así, que se lo impedía. Quizás fuera el empeño de ella por seguir viéndose a diario, como dos amigos íntimos. Si supiera cuánto daño le estaba haciendo.
No podía enamorarla y no podía olvidarla. Aquél le parecía el peor de los bucles. Cierto día, un amigo, cansado de oír sus lamentos, le aconsejó que probara con la magia. Le pareció una broma pero al ver que el amigo insistía, empezó a mostrar interés. Siguiendo sus recomendaciones, visitó a una bruja que tenía una tienducha en uno de los peores barrios de la ciudad. Le explicó sus problemas y la bruja le vendió, a precio de oro, una fórmula mágica que sería infalible sólo si la bebían los dos juntos y a la vez. También le advirtió de que fuera cuidadoso con las proporciones de los ingredientes y con las dosis administradas.
Consiguió invitarla a una cena romántica. Ella se resistió al principio pero en un eterno juego de seducción/tortura acabó por aceptar. Preparó la velada con sumo cuidado y aderezó el vino con la pócima de amor. No recordó con precisión las gotas que tenía que echar, así que, decidió curarse en salud y echó un buen chorro.
* * *
A los dos días, la policía irrumpió en la casa y los encontró muertos. El forense explicó que habían fallecido por sobredosis de una producto que tendría que investigar. Lo que más llamó la atención de todos fue la cara de amor con la que murió la mujer.
jueves, 9 de octubre de 2008
Diccionario de uso
Canción: El fantasma de la transición
Álbum: Triángulo de amor bizarro
Artista: Triángulo de amor bizarro
transición (del lat. <
TRANSICIÓN DE ESTADO CIVIL. Paso de uno a otro de los distintos estados civiles (soltería, matrimonio, divorcio, viudedad…) ya sea en un sentido o en otro. Las posibilidades son varias, solo hay que aplicar la fórmula de las probabilidades de ene elementos tomados de dos en dos. También dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver y que en las relaciones se establece una comunicación inconsciente que permite a cada uno de los miembros de la pareja saber qué está pasando exactamente sin que el otro abra la boca. Esta capacidad no suele usarse porque la ignorancia es felicidad. Julia quería ser feliz, aunque todo fuera mentira. No quería ver la expresión de póquer de Roberto cada vez que ella se empeñaba en besarlo. Ni quería usar los poderes telepáticos de los amantes para saber que el otro tenía una aventura. Prefería pensar que todos los planes de futuro seguían intactos y no que el amor de Roberto se había apagado súbitamente. Julia era la santísima trinidad de los monos: no ver, no oír, no hablar. Pero tarde, tarde o temprano todo el mundo recibe un disparo. Y da igual que sea figurado o plomo literal.
TRANSICIÓN DE ESTADO VITAL. Paso de la vida a la muerte (de momento no se conoce el paso en sentido contrario, salvo la celebradísima resurrección de Jesús, solo cuestionaba por un puñado de rencorosos). Julia no pensaba que se pudiera morir dos veces. Ni morir después de muerta. Sus últimos pensamientos se cobijan en los trozos de cerebro que asoman por el cráneo roto y que todavía están calientes, palpitantes y acogedores. La primera muerte se la debió a Roberto. La segunda no se la debe a nadie más que a ella misma.
TRANSICIÓN DE ESTADO MATERIAL. Paso de uno a otro de los tres estados de la materia. Cada uno de los cambios recibe un nombre específico demostrando riqueza de vocabulario: evaporación, solidificación, sublimación… La vida es sólida y, en ocasiones, líquida. La muerte es vaporosa. Y Julia, convertida en un hermoso y turbador gas, decidió convertirse en Dido y pasar toda la eternidad cargada de rencor. Algún día, algún día Roberto visitará el infierno y le pedirá perdón. Le dirá que todo fue un error, que no sabe cómo pudo pasar, que quiere que vuelva a su lado. Y entonces Julia le mandará a la mierda.
(La frase en cursiva es un verso de la canción "Estrella azul de España", mismo grupo, mismo álbum.)